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sábado, agosto 19, 2017

Atentados de Barcelona: la encomiable e histórica normalidad de los barceloneses

Homenaje a las víctimas
Medio recuperados emocionalmente de los recientes atentados de Barcelona y Cambrils, una de las cosas que más ha sorprendido a la opinión pública mundial ha sido ver la reacción que la población barcelonesa ha tenido tras el atentado. El grito generalizado de "No tinc por" (no tengo miedo), por más que a más de uno aún le temblasen las piernas, y la imagen de normalidad de Las Ramblas llenas de gente a las pocas horas del incidente, ha sido una auténtica lección a nivel internacional de la ciudadanía barcelonesa contra el terrorismo. Tal vez ello pueda haber sorprendido a muchos, pero Barcelona tiene una larga historia y esa mezcla extraña entre flema, orgullo y "rebote" no es la primera vez que se muestra. Justamente tras la caída del Sitio de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 pasó una cosa muy similar.

Sitio de Barcelona de 1714
Estamos en plena Guerra de Sucesión, y tras la firma de los Tratados de Utrecht en 1713 por los austriacos e ingleses (ver El Tratado de Utrecht o cuando la Historia pasó por Hospitalet), éstos dejan más solos que la una a los catalanes contra las tropas castellano-francesas de Felipe V. Los catalanes, en vista de la zarabanda de palos que barruntan que se les viene encima, deciden cerrarse en banda y aguantar el sitio a Barcelona al precio que fuese. La táctica les funciona desde el 25 de julio de 1713 hasta septiembre de 1714, pero tras fallar todos los intentos antiborbónicos de dar la vuelta a la tortilla, los peores augurios se hacen realidad: el 11 de septiembre de 1714 los defensores barceloneses se rinden.

Asalto final del Sitio de 1714
Barcelona, en aquellos momentos se encuentra absolutamente destrozada. Tras 14 meses de asedio, los sucesivos bombardeos de las tropas felipistas han derribado completamente un tercio de las casas de la ciudad y otro tercio resulta con graves daños. El coronel de la Coronela (la milicia catalana que defiende Barcelona), Rafael de Casanova, ha sido herido y para evitar una masacre aún mayor -más de 6.000 barceloneses han muerto durante el asedio-, se decide la entrega de las llaves de la ciudad, cosa que hace el sargento mayor Félix Monjo en la tarde del día 12. 

Las bulliciosas Ramblas de siempre
Así las cosas, durante la mañana del día 13 las tropas francesas entran en orden en Barcelona y el espectáculo que recibe a los vencedores les sorprende. Los barceloneses, vencidos y agotados hicieron correr la voz de volver a la normalidad de la vida habitual como si nada hubiera pasado, en un último estertor de orgullo y dignidad. Una normalidad imposible, habida cuenta lo pasado, pero que era preciso alcanzar cuanto antes: quien aún tenía taller, lo abrió; quien aún tenía tienda la abrió (aunque no tuviera nada que vender) y quien aún mantenía su trabajo, fue a él. La posguerra sería durísima para todos (ver Nova Barcelona, el exilio de los vencidos el 11 de septiembre de 1714), pero solo cabía seguir y salir adelante. Talmente como ahora.

Barcelona es mucha Barcelona
Aquellos barceloneses del siglo XVIII fueron derrotados, pero lo más importante tras la derrota es levantarse de nuevo... y ellos lo hicieron. De esta forma, tras los atentados yihadistas que se han llevado por delante a 14 personas y heridas a más de 100 en el batiente corazón de Las Ramblas, la única respuesta posible es seguir y salir adelante. Hacer balance, aprender de los errores y continuar con una normalidad que, aunque parezca ser imposible, es la mejor forma de levantarse, sacudirse el polvo y decir alto y claro a los terroristas que, Barcelona es mucha Barcelona... y no tenemos miedo.

No tenim por.
No tinc por - No tengo miedo - Je n'ai pas peur - I'm not afraid

Webgrafía

jueves, agosto 03, 2017

Bell Rock, el faro en medio del Mar del Norte

El faro de Bell Rock
Los faros marítimos, por bien que hoy en día han perdido mucho de su importancia vital para la navegación en beneficio de los modernos GPS, es una de aquellas infraestructuras que llaman poderosamente la atención. Su tarea de marcar con luces visibles en la distancia la linea de la costa o los escollos peligrosos para los barcos, ha sido durante siglos un seguro de vida para la marinería. Sus beneficios son indudables (ver El Faro de Buda o la crónica de la muerte de un delta), pero para que sean eficaces, los faros han de estar en zonas de difícil acceso de la costa o incluso dentro del mar mismo, por lo que la construcción y mantenimiento de un faro tiene un componente épico muy importante. Y para épica inconmensurable, hay uno que se lleva la palma: Bell Rock, el faro en medio del mar del Norte.

Un arrecife muy traidor
El Mar del Norte, debido a su peculiar batimetría y origen geológico (ver Doggerland, la Atlántida del Mar del Norte), ha sido desde antiguo un mar difícil y peligroso. Su ubicación en el Océano Atlántico Norte, limitado pero abierto, embravecido y con sus inesperados bajíos, ha sido el temor de los navegantes desde que al ser humano se le ocurrió coger una cáscara de nuez y navegar con aquellas aguas de Dios. Si a eso sumamos una costa recortada y llena de escollos como la costa escocesa, entenderemos por qué, después de que cada año naufragasen un mínimo de 6 barcos y de que una tormenta sola fuera capaz de enviar a pique no menos de 70 embarcaciones, en 1806 el parlamento británico diera permiso para la construcción de un faro a 18 km mar adentro de la costa de Arbroath, en el arrecife de Inchcap, más conocido por Bell Rock (Roca de la Campana).

Proceso de construcción
La construcción no estuvo exenta de complicaciones. De hecho, el arrecife estaba en medio del acceso al fiordo que da acceso al puerto de Dundee, y estaba puesto con tanta mala leche que, en la marea más baja solo sobresale 1,5 metros sobre el nivel del mar y en marea alta se halla a 3,5 metros de profundidad. Una auténtica trampa que hacía embarrancar a cualquier barco a poco que no fuera con cuidado. El encargado de construir el faro sería el ingeniero John Rennie, el cual dirigiría los trabajos de construcción del faro diseñado y propuesto por el joven ingeniero Robert Stevenson (abuelo del autor de “La isla del Tesoro”).

Aguantando desde hace 2 siglos
Stevenson, que fue el encargado directo de la obra (Rennie, que aunque pasó por allí dos días y punto, tuvo una pelotera con Stevenson por la atribución de la construcción del faro) se encontró con todas las dificultades derivadas de poder trabajar en seco sólo en verano y un par de horas al día como mucho. Ello hizo que los obreros -unos 110 hombres- tuvieran que estar viviendo en un barco a 400 metros de Bell Rock y cada día remaran hasta el escollo para llevar el material con el cual construir un palafito (una casa sobre el agua, vaya) en el cual refugiarse cuando subiera el agua y permitiera trabajar a los canteros y los herreros. Esta construcción les llevó prácticamente toda la temporada de 1807.

Esquema de la primera hilera
En mayo siguiente, y viendo que la construcción aguantaba, empezaron a levantar el faro propiamente dicho. Stevenson, tomando el faro de Eddystone como inspiración, diseñó un faro que fuera capaz de soportar las peores embestidas del mar. Para ello, creó una base troncocónica de unos  9 metros de alto formada por bloques de granito y arenisca que, como si fuera un puzzle, encajasen entre si y fueran capaces de absorber la energía de las olas sin comprometer la estructura del faro.

Así las cosas, durante la segunda temporada (del 25 de mayo al 21 de septiembre de 1808) se procedió a excavar los cimientos de 60 cm de profundidad en la arenisca que forma el arrecife y de levantar las 3 primeras hileras de sillares. ¿Le parece poco? Si cuenta que en los dos primeros años no se llegó a trabajar más de un mes seguido, aún hicieron demasiado. Después, conforme fueron sacando la construcción del agua, la cosa se aceleró, acabándose el faro en 1810 e inaugurándose el 1 de febrero de 1811.

4 años de construcción
El faro de Bell Rock, de 35,30 metros de altura, utilizó 2.835 bloques de piedras talladas expresamente para levantar las 81 hileras que sostienen la linterna (de donde sale la luz, vamos), variando desde los 12,80 metros de diámetro en la base, hasta los 4,11 de la parte superior. Las paredes, si bien en los primeros 9 metros es una masa maciza de sillares en piedra encajados entre si y mortero especial resistente a la humedad, pasaban progresivamente de los 1,75 metros de grosor a los 0,96 metros. Paredes que contenían 5 cámaras interiores que, alojando la escalera de caracol y las estancias de los fareros, conferían al conjunto tal solidez que, en más de dos siglos no se ha tenido que hacer ninguna modificación estructural a pesar de los embates de un mar que, en los días de tormenta es capaz de traer (y llevar) al arrecife “chinas” de más de dos toneladas de peso como si fueran de corcho. No en vano es uno de los más antiguos de los faros de mar adentro aún en activo.

Robert Stevenson
La existencia del, faro que emite una luz visible a 33 km, cambió la seguridad de la zona por completo. Desde el momento de su inauguración tan solo un naufragio de una fragata durante la Primera Guerra Mundial (durante las grandes guerras se mantuvo apagado y se encendía si se avisaba con tiempo, cosa que no hizo) y un accidente de un helicóptero que tocó el faro y se estrelló en 1956, han sido los incidentes más graves que han habido en la zona.

Soledad en medio del mar
En la actualidad el faro de Rock Bell está automatizado, por lo que la necesidad de mantener una cuadrilla de personas de mantenimiento residente en él ha pasado a la historia. Sin embargo, pensar lo que debía de ser soportar montañas de agua de decenas de metros (ver Las misteriosas olas gigantes) impactando directamente sobre el débil cuerpo del faro, hace que, ante la visión de esa torre perdida en medio de la inmensidad del océano, no pueda, por menos, que estremecerme. Estremecerme de respeto por todos aquellos valientes que, en algún momento, arriesgaron su vida por construir y mantener encendida una luz salvadora en mitad de la oscuridad más absoluta y tenebrosa. Una luz que, lejos del agua, bien pudiera ser la guía de nuestra propia existencia.

Escalera de caracol del faro de Bell Rock

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jueves, julio 27, 2017

Siglos y siglos...y aún funciona: La Cloaca Máxima

La Cloaca Máxima
Que los romanos fueron unos adelantados a su época es algo que, por sabido, a estas alturas de la historia ya es conocida de todo el mundo (ver Las ínsulas, los adelantados bloques de pisos de los romanos) y no estoy diciendo nada que se salga del guión. Sin embargo, ya han pasado 2.000 años desde el esplendor de aquella cultura y sería normal que de ella quedasen pocos restos, puesto que el tiempo se ceba -mírese en el espejo- con cualquier elemento humano. Pues bien, no sólo hay vestigios a patadas (sobre todo en la propia Roma), sino que incluso algunas infraestructuras, fueron tan prácticas y bien diseñadas que han llegado hasta día de hoy...¡en activo!. Tal es el caso de la Cloaca Máxima de Roma, la cual, 2.500 años después de su construcción aún funciona a pleno rendimiento. Increíble, pero cierto.

Antigua salida al Tiber
Cuando sentado en tu “trono imperial” escuchas el clic del interruptor de la luz del lavabo del vecino de arriba, no puedes, por menos, que pensar que ese edificio no va a ser estudiado por los arqueólogos del futuro. Bien al contrario. El hecho de que en la actualidad se tenga más en cuenta la obsolescencia programada de lo que se construye (léase, aguanta mientras cobro) que hacer un producto de calidad, indigna tanto más vas descubriendo que cualquier cosa construida anteriormente tiene más visos de durar que lo actual; y el caso de la Cloaca Máxima de Roma, resulta paradigmático.

Esquema del recorrido
Siete siglos antes de Cristo, Roma era una vaguada cercana al río Tiber que se encontraba entre las celebérrimas siete colinas. Estas colinas, separadas entre ellas unos pocos cientos de metros, estaban ocupadas por los etruscos, los cuales habían construido las cimas ya que eran más fáciles de defender de sus vecinos. No obstante, cuando los primigenios emplazamientos empezaron a expandirse, se dieron cuenta que el fondo del valle que los separaba era una zona pantanosa y que impedía su propio desarrollo.

Recorrido sobre Roma actual
Hacia el 600 a.C. -hay quien lo data en el -616-, el rey Tarquinio Prisco se decidió a hacer un canal a cielo abierto que comunicara el fondo de aquella vaguada con el río Tiber. La idea era que todo el exceso de agua drenada de las colinas romanas, fuera canalizada y desaguase en el río para secar aquella zona pantanosa y pudiese ser habitable. Dicho y hecho.

De esta forma, con mano de obra semiesclava (es decir, contrato temporal, cobrando una miseria, haciendo más horas que un reloj y al que no quería trabajar, se le crucificaba -literal-) se abrió un canal de unos 1.500 metros que permitió que aquel espacio llamado Velabro pudiera finalmente ser transitado. Eso sí, como no tenía cobertura, mejor estar atento por si caías dentro.

Tramo aún en activo hoy día
Con el tiempo, los romanos ocuparon el Velabro, y dado que la gente no hacía más que caer (iban todos mirando sus “tablets” de cera, claro), el canal se fue cubriendo progresivamente con grandes bloques de piedra. Ello creó una canalización subterránea de unos 3 metros de ancho por 4 de alto y enterrado a 6 metros de profundidad que recibía las aguas pluviales, el excedente de las fuentes y las cochambres humanas, llevándolas directamente al Tiber.

Templete a Venus Cloacina
La expansión de Roma hizo que el sistema de alcantarillado de los etruscos no sólo no quedara obsoleto, sino que fuera totalmente activo, por lo que se adaptaron y añadieron nuevos tramos de alcantarillas que permitieron drenar toda el área de la Roma Antigua. El Velabro -aún propenso a inundaciones y aprovechado por Nerón para sus ratos de asueto (ver Nerón y el trozo que le falta al Coliseo de Roma)- había pasado a ser el Foro, con la Cloaca Máxima circulando bajo sus pies. Y hasta tal punto era apreciada la infraestructura que se le dedicó un templete con una diosa particular y todo: Venere Cloacina (la Venus de la Alcantarilla en latín. Los romanos, ante todo prácticos).

La salida antigua es visitable
Los siglos pasaron, y si a los romanos les fue de perlas (incluso tiraban cadáveres humanos, caso del emperador Heliogábalo y del mártir San Sebastián), a los italianos que vinieron después, ya ni les cuento. De esta forma, recorriendo el suelo romano a 12 metros de profundidad -el suelo ha subido 6 metros desde época antigua-, si bien con derivaciones, anulaciones y apaños varios, ésta infraestructura sanitaria aún es utilizada en muchos tramos tal y como la construyeron los etruscos y romanos, siendo capaz de haber llegado hasta la actualidad. La antigua salida de la Cloaca Máxima al Tiber, situada al lado del Puente Rotto, si bien no está en activo porque el caudal está derivado a la red general de alcantarillado de Roma, aún es visitable (graffitis, vagabundos y crecidas del Tiber, mediante) .

Arco etrusco en activo
En conclusión, que si se queja que su piso pagado a precio de tocino magro es una castaña pilonga, con paredes de papel y acabados de trapo, que sepa que los romanos hacían construcciones que aún se utilizan en la actualidad. Ello significa que, no es que la humanidad no sepa construir cosas con cara y ojos -nada más lejos de la realidad- sino que, como quien marca la pauta es Don Dinero, su inalienable derecho a la vivienda no es más que un pingüe y deleznable negocio para algunos.

Y a esos sí que es como para tirarlos a la Cloaca Máxima, como a San Sebastián.

La Cloaca Máxima, en activo desde hace miles de años

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martes, julio 18, 2017

El mortífero colapso del puente de Angers

Colapso del puente de Angers
Las grandes infraestructuras humanas, vistas por el común de los mortales, acostumbran a ser un foco de fascinación y, por qué no decirlo, orgullo de los países que los acogen. Grandes edificios, muelles inverosímiles, presas que parecen desafiar las leyes de la física... son una potente tarjeta de visita para propios y extraños, en los que la comunidad que los construye expresa su poderío económico y avance tecnológico.  Los puentes, en esta absurda carrera del "y yo más", no son una excepción, y como si fuera una juerga de solteros borrachos, todos los países compiten por ver quién los tiene más grandes y más largos. No obstante, como obras humanas que son, y por mucho que las propagandas oficiales los vendan como "el no-va-más" de la tecnología, a veces no son tan seguros como pueden parecer (ver Niza 1979, la historia de un tsunami). O si no, simplemente hay que ver el ejemplo del puente de la Basse-Chaîne, en Angers (Francia), la caída del cual supuso la muerte de más de 200 soldados cuando lo estaban cruzando. Ahí es nada.

Basse-Chaîne actual
Los puentes, por definición, son infraestructuras que están pensadas para salvar obstáculos geográficos a una cierta cierta distancia. Ello implica que se utilicen en ríos y valles, para asegurar una comunicación continua de carreteras, vías de tren u otras infraestructuras. Pero claro, una cosa es hacer un puente para salvar un riachuelo y otra un río de más de 100 metros de ancho, por lo que la tecnología a utilizar ha de ser, por fuerza, diferente y adaptada al presupuesto y moda del momento. Así las cosas, en 1838, el arquitecto Joseph Chaley y el ingeniero Théodore Bordillon estrenaban un puente que salvaba las dos orillas del río Maine, a su paso por Angers. La novedad radicaba en que éste era un puente colgante.

Basse-Chaîne en 1839
El puente, que se construyó entre 1836 y 1838, consistía en una calzada en acero de 102 metros de largo por 7,20 m de ancho que se sujetaba mediante cables de acero anclados en cada una de las orillas y elevados por sendas columnas de hierro colado de 10,85 metros de alto, proporcionando todo ello una gran estabilidad y resistencia al puente, amén de una agradable imagen de modernidad. No obstante todas las novedades técnicas, si hay algo que es el enemigo numero uno de los puentes es la intemperie. Y en Angers no iba a ser la excepción.

Voltigeurs (Infantería)
La mañana del día 16 de abril de 1850 se había levantado cubierta y con un auténtico huracán que soplaba canalizado por el valle del Maine. Sin embargo, ello no era obstáculo para el 3º Batallón del 11º Regimiento de Infantería Ligera del Ejército Francés el cual, comandado por el Teniente Coronel Simonet, tenía que ir a pasar revista a la Place de l'Académie, en la otra orilla. El único inconveniente era que Angers no estaba a partir un piñón con el Ejército, por lo que, en vez de cruzar el río por otro puente aguas arriba (el de Haute-Chaîne) y atravesar por medio la ciudad con las tropas formadas (lo cual no les hubiera granjeado muchas amistades), Simonet decidió pasar por el colgante, que pasaba por las afueras.

A las 11.30 de la mañana, el batallón, formado por unas 750 personas se dividió en secciones y, rompiendo el paso para evitar resonancias que pusieran en peligro el puente al marchar en formación, procedieron a atravesar el puente. Un puente que, debido a la fuerza del viento oscilaba de izquierda a derecha de una forma patente (ver Tacoma Narrows, el puente que el viento se llevó... de cuajo). Con todo, los aguerridos soldados franceses, con sus bayonetas a la espalda procedieron a cruzarlo.

Representación del accidente
El mal tiempo continuaba, al igual que la oscilación del puente, la cual se hizo más fuerte cuando se empezó a cargar de gente. Los soldados, en tránsito por encima de él, difícilmente se mantenían de pie (los testimonios dijeron que parecían borrachos) pero cuando ya habían cruzado unos 200 se produjo una fuerte explosión: uno de cables había reventado de sus anclajes.

Fotografía del puente Basse-Chaîne
En ese momento, la plataforma se desplomó de la orilla derecha (a sus espaldas) y, en forma de siniestro tobogán, hizo que 483 soldados que aún no habían llegado a la otra orilla se precipitaran al río, muriendo muchos por ahogamiento. La mala suerte hizo que, además de caer al agua de forma desordenada desde unos 6 metros de altura, al llevar las bayonetas caladas, éstas actuasen como auténticas picas de los soldados que iban cayendo, muriendo ensartados por los fusiles de sus compañeros. Pero no fue el fin de las desgracias.

Oscilaba como el de Tacoma
El vendaval, al chocar contra la estructura del puente emitía un fuerte silbido que hizo que los soldados, al ir el uno detrás del otro, no se enteraran de lo que pasaba delante. Ello provocó que las tropas que iban por detrás no oyeran las órdenes de alto de los mandos y acabasen por empujar al río a los soldados que, por suerte, habían quedado en el corte. Suerte que les acabó de abandonar cuando el peso de la estructura que aún quedaba partió las columnas de hierro fundido del soporte de la orilla derecha y les cayó encima, aplastándolos. Los cronistas contaron que el Maine se tiñó de rojo con la sangre de los soldados despeñados. Una catástrofe.

Pese a que los servicios de salvamento actuaron enseguida, y los soldados ilesos se lanzaron al rescate, las barcas de los pescadores que pescaban en las inmediaciones fueron claves para salvar a los accidentados. A pesar de ello, unos 222 soldados murieron (uno arriba, uno abajo, según las fuentes) y otros 261 fueron heridos de diversa consideración, siendo uno de los accidentes por colapso de puente más sangrientos y con más víctimas de la Historia. Pero... ¿cómo pudo pasar semejante desastre?

El sustituto, en piedra, por si acaso
Las investigaciones llegaron a la conclusión de que, si bien la combinación del viento y del peso de los soldados significaron un peso extraordinario (los soldados pesaban unas 195 toneladas, transformados en 322 toneladas por la fuerza del viento), la solidez de la infraestructura era capaz de soportar hasta 598 toneladas, por lo que, a priori, el puente tenía que haber aguantado. No obstante, los anclajes estaban enterrados en tierra y escondían problemas de corrosión que no eran patentes desde el exterior y que, sumado a la resonancia producida por los soldados al querer mantener la verticalidad, fue lo que provocó la debilitación de los cables y la rotura del puente con las funestas consecuencias antes comentadas.

En definitiva que, a pesar de que el ser humano sea capaz de crear extraordinarias maravillas desafiando todo peligro aparente, hemos de tener en cuenta que, como todo en la vida, para llegar a la cumbre, antes hemos tenido que pasar por infinidad de dolorosísimas derrotas. Unas derrotas que, por impactantes, si no las olvidamos y aprendemos de ellas, nos llevarán, con esfuerzo y ahínco, cada vez más lejos.

Lástima que esta sociedad sea ciega, sorda y amnésica.

Una catástrofe viva en la memoria histórica de Angers

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jueves, junio 08, 2017

La "milagrosa" mejoría del pícaro papa Sixto V

Sixto V
Una de las acusaciones que más usualmente reciben los políticos en campaña electoral es que hacen absolutamente lo indecible para conseguir acceder al cargo político deseado, no doliéndoles en prendas el utilizar cualquier triquiñuela, ya sea legal o ilegal, moral o inmoral, siempre y cuando alcancen la ansiada poltrona. Esta visión de los políticos, en tanto que generalización, es intrínsecamente falsa, aunque si miramos algunos pasajes curiosos de la Historia, tal vez tendríamos que pensar en aquello de que la excepción confirma la regla. Tal fue el caso del Papa Sixto V el cual, delante de todo el Cónclave cardenalicio, experimentó una "milagrosa" recuperación física tan pronto fue escogido. Como lo leen.

Gregorio XIII
Corría el año del Señor de 1585 y el día 10 de abril muere en Roma el papa Gregorio XIII (el del calendario gregoriano). Por aquel entonces, la figura del papa tenía un poder político tremendo que se extendía por toda la cristiandad, ya fuera directamente como líder de los territorios bajo control de la Santa Sede o como representante máximo de la omnipresente Iglesia Católica, por lo que había auténticas hostias (consagradas y no consagradas) para conseguir ascender a la Cátedra de San Pedro.

Isabel I de Inglaterra
La Iglesia, a finales del siglo XVI se encontraba con un auténtico agujero negro en sus finanzas, fruto de la obsesión de Gregorio XIII por acabar con la reina Isabel I de Inglaterra, la cual había vuelto a instaurar el protestantismo anglicano que había abolido la anterior reina, María Tudor. Esta especial inquina hizo que el papado subvencionara generosamente a todo aquel que se enfrentase a Inglaterra, sobre todo a los ejércitos españoles (por aquel entonces potencia hegemónica), sin mucho éxito. Fracasos que hicieron que la Iglesia apretara a la aristocracia italiana para que pagara más impuestos y así salir de los números rojos. Como era de esperar, la medida fue una auténtica patada en salva sea la parte para los nobles, los cuales, en rebote, extendieron el caos por el territorio italiano a base de apoyar el bandolerismo para, de esta forma, minar el poder papal aprovechando que estaba más arruinado que Don Pepito y la fama de “blandengue” de Gregorio XIII.

Cónclave para elegir papa
En esta situación de inseguridad total y de descontrol político, el papa dio su último suspiro, por lo que, tras los funerales del pontífice (que duraron ni más ni menos que 10 días), el 22 de aquel mismo mes de abril se convocó a 42 cardenales a cónclave para la elección de un nuevo papa. Tales eran los movimientos estratégicos entre las diferentes facciones que formaban la curia cardenalicia que la Capilla Sixtina podía haberse comparado a un bidé lleno de pirañas... decorado con pinturas de Miguel Ángel, eso sí.

Papa Felice Peretti
Los debates y votaciones se sucedían sin que ninguno de los 13 candidatos posibles alcanzara las dos terceras partes de los apoyos. Y es que si bien, una de las facciones más numerosas estaba encabezado por el sobrino del difunto papa (Filippo Boncompagni, cardenal de San Sixto) las otras se aliaban entre ellas para evitar que esta ganara. De esta forma, y en vistas de que no se conseguía ningún consenso, los electores de unos y otros, optaron por hacer papa a uno de los cardenales que más discretos eran y que por ancianidad y debilidad general les aseguraban un papado corto y fácilmente influenciable: el Cardenal Felice Peretti.

Peretti, nacido en Grottammare en 1521, en realidad se llamaba Srečko Perić, ya que pertenecía a una familia serbia que había huido de la invasión otomana y se había instalado en Italia. En el momento del cónclave, con 64 años, caminaba encorvado con un bastón, hablaba de forma temblorosa y tosía con profusión, por lo que era, a priori, el candidato perfecto a ser el próximo “papa pelele”.

Habemus papam!
Así las cosas, el día 24 de abril a las 15 h., se produjo el escrutinio definitivo y, tan pronto como se supo que las dos terceras partes de los electores votaban a favor de aquel decrépito cardenal y que, por tanto, ya no había marcha atrás, Peretti se incorporó y tiró el bastón en medio de la capilla con tanta fuerza y decisión que los cronistas decían que parecía tener no más de 30 años. El resto de cardenales se quedaron de pasta de boniato. Estupefacción que pasó a terror cuando Peretti, ya investido como Sixto V, se puso a cantar el “Te Deum” con tal potencia que vibraba toda la sala. Los electores se acojonaron, y más de uno comentó que, de elegir un papa con el cual hacer lo que querían, habían pasado de golpe a tener un papa que haría lo que quería con ellos... y no se equivocaban.

Sixto V, que al final mandó desde 1585 al 1590, ha quedado para la historia como uno de los papas más severos e intransigentes de la Historia.

Puente de Sant'Angelo
Nada más llegar, se dedicó a la caza inmisericorde de los bandoleros y de los aristócratas que los sostenían, cortando más cabezas que cabezas tiene una ristra de ajos y exponiéndolas en el puente de Sant'Angelo cada una clavada en su correspondiente pica. Y cuando ya no tuvo malhechores para llenar con sus cabezas el puente, se dedicó a las prostitutas y raterillos, dejando Roma más tranquila que un museo en lunes por la mañana. Para compensar la impopularidad de sus acciones se dedicó a embellecer la ciudad profusamente con todo tipo de edificios, monumentos (ver El hombre que no calló ni bajo el peso de un obelisco) y hasta se erigió él mismo una estatua en lo alto del Capitolio, ya que sabía que los romanos no se la iban a dedicar (y que quitaron oportunamente en cuanto murió, claro).

Felipe II de España
Asimismo, hizo un trabajo ingente de política exterior, forzando a Felipe II a enviar la Armada Invencible (con su sonado fracaso) para derribar el gobierno anglicano de Isabel I, y de lucha contra los diversos protestantismos que amenazaban el poder papal en suelo europeo, con los mismos nulos resultados de su predecesor.

En conclusión, que cuando a Sixto V le preguntaron el porqué de su súbita mejoría en sus dolencias nada más ser elegido papa, los cronistas señalan que respondió “Mientras hemos sido cardenal hemos andado con las espaldas bajas y la cabeza inclinada para buscar en la tierra las llaves del cielo, pero ahora que las hemos encontrado miramos al cielo porque no tenemos necesidad alguna de la tierra”. Un gran ejemplo de un pícaro pontífice para miles y miles de políticos posteriores que, una vez instalados en el Olimpo del poder, dejan de mirar la tierra de la que partieron simplemente porque ya no les hace falta.

Esencia humana en estado puro.


Estatua de Sixto V en Loreto (Italia)

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lunes, mayo 22, 2017

Khodinka 1896, cuando hambre y postureo se unieron mortalmente

Campo de Khodynka
Campo de Khodynka
El hecho de encontrarse en medio de cualquier aglomeración humana, ya sea de una manifestación, de la salida de un partido de fútbol, o de un sábado a principios de mes en cualquier centro comercial es, para mí, una sensación, como mínimo inquietante. Y la verdad es que no es para menos si pensamos que el comportamiento humano, en un momento de emergencia, deja totalmente aparcado su raciocinio y actúa como si de una estampida de ñus se tratara. Es decir, "tonto el último". Este comportamiento que de racional tiene poco pero mucho de animal, hace que en cualquier concentración, como haya la más mínima señal de peligro la gente se mate literalmente por huir de allí, aún a pesar de no conocer la amenaza, ni de si es real o no. Ejemplos hay a patadas, ya sea en campos de fútbol o en manifestaciones donde hay cargas policiales, en que la muchedumbre no duda en llevarse por delante a cualquiera que se encuentre en el suelo. Sin embargo, hubo una estampida humana en Rusia que se llevó la palma porque el detonante fue un simple rumor y porque las consecuencias fueron, sencillamente, terroríficas. Me refiero a la tragedia de Khodynka.

Recuerdo de la coronación
Recuerdo de la coronación
La Rusia de los Zares de finales del siglo XIX, vista desde la lejanía del tiempo, era una mezcla entre la Edad Media más oscura y el postureo más decadente del Despotismo Ilustrado, donde la aristocracia asociada al zar se llevaba todo lo bueno (todo) y, como no podía ser de otra forma, el común de los mortales las pasaba peor que el se tragó las trébedes. Y no estoy exagerando: los rusos pasaban hambre. Mucha hambre.

Coronación de Nicolas II
Coronación de Nicolas II
En este contexto social en que la Ley del Embudo funcionaba a la perfección en beneficio de los nobles, los fastos de conmemoración de la coronación del zar Nicolás II el 26 de mayo de 1896 (para los rusos, como seguían el calendario Juliano, era el 14 de mayo) tendrían que ser de una ostentosidad tan grande como lo era el territorio ruso. Es decir, tremebundo. Y para ello se decidió que el sábado día 30 de mayo (su día 18) se haría en Moscú una gran celebración para el populacho en los llamados Campos de Khodynka, un solar de 1 km2  situado al noroeste de la ciudad.

Comida y actuaciones gratis
Comida y actuaciones gratis
En este espacio inmenso, los gerifaltes rusos decidieron instalar teatros donde se harían actuaciones en directo, tiendas de venta de diversos tipos, 20 chiringuitos que repartirían cerveza gratis y unos 150 puestos desde donde repartir a la gente un pack con diverso merchandising de la que acabaría por ser la última coronación de un zar en Rusia. Un pack que consistía en un vaso de metal esmaltado con motivos zaristas, 1 libra de pan (unos 450 g), media libra de salchicha (unos 200 g), un pan de jengibre de unos 150 g, unos 350 g de chuches y varios recuerdos de la boda. Obvia decir que, en un país donde la hambruna entre las clases populares estaba cronificada, el conocer que se iba a repartir comida gratuitamente desató la pasión por no perderse el evento.

Vaso conmemorativo
Vaso conmemorativo
A pesar de que la apertura del recinto estaba programado para las 10 de la mañana de aquel día 30, tal fue la locura por poder recoger los presentes prometidos que a las 0 h del día 30, ya se acumulaban más de 200.000 personas. Cifra que quedó en una mera anécdota cuando unas 500.000 almas se agolpaban a las 5 de la mañana sobre las débiles cercas de madera que limitaban Khodynka. Los 1.800 cosacos encargados de mantener el orden se vieron totalmente desbordados y más cuando circuló el rumor de que no habría suficientes regalos para todo el mundo. La muchedumbre enloqueció.

En vistas del follón que había entre la gente por poder entrar cuanto antes mejor, la organización decidió abrir las puertas a las 6 de la mañana, lo que produjo una brutal estampida por alcanzar los chiringuitos donde se repartía la comida (no fuera que se acabase, claro). Sin embargo, se encontraron con una trampa añadida: el propio solar.

¡Que se acaban! ¡Que se acaban!
¡Que se acaban! ¡Que se acaban!
Khodynka, a parte de un solar muy grande a las afueras, era un campo de entrenamiento del Ejército ruso, por lo que estaba lleno de trincheras, pozos de cierta profundidad tapados con planchas e incluso tenía un barranco de un torrente cercano. En circunstancias normales no hubiera pasado nada, pero en un momento de estampida masiva y desbocada de gente, aquello se convirtió en una auténtica ratonera.

Víctima pisoteada hasta la muerte
Víctima pisoteada hasta la muerte
Las miles de personas a la carrera se encontraron con las trincheras cayendo a ellas por centenares, lo que provocó la muerte por aplastamiento de todo aquel que no era lo suficientemente rápido para salir y evitar lo que se les venía encima, pero no solo eso. Las planchas que sellaban (poco y mal) los pozos cedieron por el peso del inmenso gentío que se apiñaba alrededor de los enclenques kioskos que repartían los regalos reales, lo que hizo que la gente, desesperada por coger la comida cayera en masa, muriendo dentro de ellos, ya no tanto por la caída como por el continuo impacto de los cuerpos que les caían encima. Khodynka quedo lleno de cuerpos aplastados y prácticamente irreconocibles.

Según cifras oficiales, hubo 1.389 víctimas mortales y más de 1.300 heridos, si bien de forma extraoficial se comentó que fueron entre 4.000 y 5.000 muertos y otros tantos heridos.

Centenares de personas aplastadas
Centenares de personas aplastadas
Las autoridades, al frente de las cuales se encontraba el tío de Nicolas II, el Gran Duque Serguei Alejandrovich, que era el Gobernador General de Moscú, al enterarse de la tragedia, decidieron silenciar lo ocurrido y, deprisa y corriendo, recoger todos los cadáveres lo más rápidamente posible (los bomberos sacaron 40 cuerpos de uno de los pozos) y deshacerse de ellos en el mismo día. De esta forma, cientos de cadáveres se enviaron a sus puntos de destino y el resto se enterraron en un cementerio cercano al lugar de la tragedia, donde se habilitaron 1.800 tumbas y diversas fosas comunes. Se tenía que borrar cualquier rastro de la catástrofe, y se hizo.

Quedaba feo avisar de la tragedia
Quedaba feo avisar de la tragedia
En paralelo, Nicolas II seguía con la apretada agenda de sus celebraciones en el Kremlin ignorante del drama sucedido, y no fue hasta las 10 de la mañana en que fue informado del tumulto y de sus consecuencias. Apesadumbrado, se dirigió a las 12 hacia Khodinka con su esposa (Alexandra Feodorovna) pero, a parte del casi medio millón de personas que se agolpaba esperando sus obsequios -muchas de las cuales ni se habían enterado de lo que había pasado- y el poder ver al nuevo zar saludando a la plebe desde el pabellón habilitado para ello, no vio absolutamente nada.

Invitación a la coronación
Invitación a la coronación
La corte decidió seguir con la agenda prevista por el monarca a fin de no enturbiar aún más "tan feliz" día, y después de la comida con la reina madre, a las 8 se encaminó a la embajada de Francia donde se organizó un baile de gala con toda la flor y nata de la aristocracia y los representantes diplomáticos internacionales. Nicolas II se planteó el suspender los actos debido a la tragedia, pero tanto su camarilla como la embajada francesa le presionaron para que no las suspendiera por lo que había costado organizarla y para evitar un conflicto diplomático. Las víctimas daban lo mismo, y los 1.000 rublos por familia para los heridos (que se redujeron a pagar 90.000 rublos a los afectados), ya eran suficiente compensación... ¿para qué más? El nuevo zar claudicó y siguió con los fastos.

Sergei Alexandrovich
Sergei Alexandrovich
Cuando la opinión pública rusa se enteró de lo sucedido, se indignó y pidió enseguida la cabeza de los responsables de aquella catástrofe, lo que significaba la destitución inmediata, por incompetencia, del conde Vorontsov-Dachkov y de su tío Serguei Alexandrovich en tanto que organizadores de los actos. El inconveniente es que formaban parte de la familia real (todo quedaba en casa) y ante el peligro de que fueran castigados, diversos integrantes de la familia con cargos en el gobierno se plantaron ante Nicolas II y amenazaron con dimitir todos ellos si eran destituidos. Como era de prever, los únicos que pagaron por las muertes de Khodynka fueron algunos mandos intermedios que fueron los chivos expiatorios del desastre.

Galleta conmemorativa
Galleta conmemorativa
La tragedia de Khodynka conmocionó al pueblo ruso y abrió los ojos de forma brutal, a la necesidad de derrocar aquel régimen que se las daba de avanzado y moderno, pero que mantenía a su población en condiciones miserables. Más de uno consideró aquel incidente como un mal augurio para el reinado de Nicolas II; mal augurio que se confirmó en 1917 con la Revolución Rusa y en 1918 con el asesinato de toda la familia real.

Un ejemplo más de que las masas, sea en el sentido que sea, siempre son temibles. Siempre.

Entierro de los muertos del Campo de Khodynka
Entierro de los muertos del Campo de Khodynka

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