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miércoles, diciembre 06, 2017

Theolongo Bacchio, cuando la posverdad recibe una plaza en Barcelona

Theolongo Bacchio
Uno de los términos que mayor fortuna está haciendo en los últimos tiempos es el de “posverdad” palabreja que quiere denominar a aquella situación en que la realidad se reescribe de forma consciente con un fin concreto. En sí el “palabro” no tendría ninguna trascendencia si no fuera porque, haciendo honor a su etimología, es falsa en sí misma, al dar a entender que ha habido algún momento de la Historia en el que se ha transmitido la verdad objetiva, cuando los historiadores sabemos que la norma ha sido “cocinar” la realidad como si fuera una vulgar encuesta del CIS. Y hasta tal punto es así que, en Barcelona, hay una plaza dedicada a un héroe que nunca existió y que fue producto de un caso de manipulación de la realidad que se remonta al siglo XVI.

Guerreros iberos
En un lateral de la barcelonesa Rambla de Prim, en el barrio del Besós, podemos encontrar la plaza de Theolongo Bacchio, un espacio entre edificios en forma cuadrada que, rodeado por árboles, no deja de ser una de tantas plazas duras y desangeladas que salpican la capital catalana. No obstante, si miramos detenidamente, veremos que, en esta plazoleta hay un monolito (un cacho de piedro informe, para qué nos vamos a engañar), con un perfil humano laureado y algo semejante a una lápida a los pies con una dedicatoria. Este es el monumento a Theolongo Bacchio, un héroe íbero de la turística villa de Blanes (ver El desconocido delta del río Tordera) que se enfrentó a las tropas cartaginesas de Aníbal, el cual da nombre a la plazoleta en cuestión. Hasta aquí, todo normal, pero es que los expertos han llegado a la conclusión de que el tal Theolongo no existió jamás. La historia de cómo pudo llegar a tener dedicada una calle en Barcelona es, como mínimo, rocambolesca.

Barrio Besós en 1966
Cuando en el 1960 el Patronato Municipal de la Vivienda franquista decide comenzar a construir el barrio de Besós, lo que menos tuvo en cuenta era las infraestructuras que necesitaba el nuevo barrio para ser una zona mínimamente habitable. En esta época, todos los partidos y sindicatos estaban prohibidos por la dictadura, de tal forma que no existía ninguna asociación de vecinos que se pudiera quejar de la dejadez de la administración. A lo sumo, existía la Asociación de Cabezas de Familia, la cual se movilizó (con permiso del régimen) para solicitar las mejoras sociales, aunque sin mucho éxito. 

Vista la situación, la asociación decidió intentar cambiar el nombre al barrio y dedicar un monumento para, así, forzar al ayuntamiento a hacerles un poco de caso. El cambio de nombre no cuajó (incluso se les ocurrió bautizarlo con el nombre de la mujer de Franco -no fuese que el régimen se pensase que eran unos rojos revolucionarios-), pero la erección del monumento tuvo un poco más de fortuna.

Aníbal Barca
Así las cosas, uno de los miembros de la asociación, Joan Fontanillas decidió, sin encomendarse a ningún santo, buscar algún personaje histórico, preferiblemente con alguna relación con el barrio, al cual se le pudiera dedicar un monumento y pudiera utilizarse para llamar la atención de los políticos. Y en esta búsqueda le cayó en las manos el libro Historia de Cataluña el cual, escrito por el badalonense Antoni Bori i Fontestà en 1898, hacía referencia a Theolongus Bacchius como héroe layetano que se había opuesto a los ejércitos de Aníbal y que, incluso, había atacado Barcelona cuando esta era una primigenia colonia cartaginesa. Miel sobre hojuelas.

Calle dedicada en Blanes
Estirando del hilo, se enteró que este tal héroe, tenía una calle en Blanes, el cual había sido dedicado a este héroe y después de mucho dar por saco a su ayuntamiento, por el cronista local Vicenç Coma i Soley en los años 20. Contactado con el consistorio blanense, Fontanillas consiguió información al respecto de Theolongo Bacchio con el cual confeccionar el informe histórico y el apoyo del ayuntamiento de Blanes, el cual colaboró en la inscripción de la lápida. El ayuntamiento de Barcelona, por su parte accedió a la instalación del monumento en el lugar donde hoy se encuentra, inaugurándolo oficialmente el 22 de mayo de 1973. Sin embargo y a pesar del visto bueno oficial, algunos expertos vieron que las “aventuras” del tal Theolongus retrocedían su existencia solamente hasta 1543 ¿Qué pasaba aquí?

Placa dedicada a Theolongus
En 1543, el escritor castellano Florián de Ocampo edita en Zamora la Crónica General de España, recopilatorio de historias y leyendas antiguas hispanas, en que entre muchas crónicas se encuentra la del héroe blanense, Theolongo Bacchio. En él, da razón de una inscripción que el viajero y coleccionista medieval Ciríaco de Antona, había encontrado y que había sido dedicada por sus conciudadanos. No obstante, el problema es que Ciriaco de Antona no había estado nunca en la península Ibérica y que, encima, ni ha quedado la inscripción, ni el escrito original del coleccionista, al haber desaparecido en un incendio. La cosa se complicaba y no iba a ser la última complicación.

Copia de la inscripción de C. Ancona
Según los expertos, Ocampo no pudo extraer la historia de Theolongus solamente de la inscripción perdida de Ciríaco de Ancona, por lo que se especula que tuvo que tener acceso a las obras de algún humanista catalán del siglo XV en que se hablase de Blanes (la Blanda romana) con las cuales generar todo el entramado Blanes-Teolongo-Barcelona. Y es que, en aquella época (1462-1472), Cataluña estaba de guerra civil y Blanes era frente de batalla entre los partidarios de Juan II (ver La azarosa historia del monasterio de Montserrat... de Madrid) y sus opositores, siendo famosa una declaración hecha en Blanes por Joan Margarit, obispo de Girona, en favor de Juan II.

Ciriaco de Ancona
De esta forma Ocampo, habría hecho una síntesis libre de todo lo que había encontrado relacionado con Blanes y se montó una historia que le quedó la mar de creíble y que habría pasado a la posteridad. El único inconveniente es que, en la actualidad, se sabe que al sur de Italia (en lo que sería el empeine de la bota) existe otra “Blanda” que durante la Segunda Guerra Púnica se pasaron al bando cartaginés, por lo que los ejércitos romanos tuvieron que luchar contra el lugarteniente de Aníbal que estaba allí apostado. Así las cosas, la inscripción de Ciriaco de Ancona no se referiría a la conocida Blanda hispánica, sino a la desconocida Blanda itálica, dejando con el culo al aire al imaginativo Florián de Ocampo, sin héroe local a los vecinos de Blanes y sin valedor histórico al barrio de Besós de Barcelona. Un pleno, vamos.

En definitiva que, como se dice habitualmente, antes se coge a un mentiroso que a un cojo en bicicleta, contrapunto al adagio periodista de que la realidad no te eche a perder una buena noticia (ver El periodístico festín de hienas del suicidio del General Tojo). En estos momentos convulsos en que los medios de (des)información no dudan en ponerse en favor de quien más les conviene, haría bien en ser crítico con todos ellos, ya que no dudarán en vestirle la realidad como mejor les venga para, luego, hacer con usted lo que les plazca.

Y eso, no es una “posverdad”, sino una verdad absoluta.


Útil monumento a un héroe inventado

Webgrafía

martes, noviembre 14, 2017

El extremeño, crónica de un idioma al borde de la extinción

Cartel bilingüe castellano-extremeño
Cuando en 1988 me tocó ir a la “mili” por obra y gracia de haber nacido un día más tarde de lo que salía de cuentas mi madre (no me salvé de ir justo por ese día) fui destinado al campamento militar de Santa Ana en Cáceres. Allí, catalanes éramos pocos -había más valencianos-, pero no pasábamos desapercibidos porque siempre que podíamos hablábamos en “llengua de cosins germans” (lengua de primos hermanos, como decían los valencianos); cuestión de rebote, evidentemente. Sea como sea, en mi grupo de amigos teníamos un cacereño -de Plasencia creo recordar- al cual le hacía cierta gracia que hablásemos entre nosotros en catalán/valenciano y que decía que ellos también tenían idioma propio. ¿Idioma propio en Extremadura?¿Estaba de cachondeo? Pues no, no bromeaba. Se refería a un lenguaje cuya existencia me era absolutamente desconocido y que su existencia fosiliza la historia de la Reconquista de la Península: el castúo o extremeño. ¿Lo conocía?

José María Gabriel y Galán
Mi jiedin los jombres que son medio jembras”, este fragmento del poema “Varón” de José María Gabriel y Galán declamado por mi compañero de servicio militar y que pueden encontrar completo en la webgrafía al pie de este artículo, fue mi primer contacto con la lengua extremeña (palra estremeña, como dicen ellos). Una lengua tan desconocida como denostada y que está en serio peligro de desaparecer, fruto del desdén, la ignorancia de los forasteros y por la vergüenza de los propios hablantes a expresarse en ella más allá de los círculos familiares (ver El occitano o la inducida vergüenza de hablar tu propia lengua). Y es que, al ser un habla que se ha mantenido por transmisión oral en las partes más aisladas y rurales de Extremadura (Las Hurdes, por ejemplo), la sensación de estar delante de un castellano “paleto” es muy fuerte. Sin embargo tiene una historia que no desmerece a ninguna de las otras lenguas de la Península.

Ubicación del extremeño
Nos hemos de remontar a la Alta Edad Media. Por aquel entonces, los reinos cristianos de la península Ibérica se habían reducido a una estrecha franja al norte y noreste de ella, donde, a la vez de la religión, se conservaba un latín vulgar plagado de localismos, germen de las actuales lenguas peninsulares. Al pasar de los años, los diferentes reinos cristianos comenzaron una lenta (lentísima diría yo) expansión hacia el sur a cuenta de los territorios musulmanes, llevando con ellos su propia cultura y lengua. En el norte de la península, el Reino de León -que englobaba a Castilla y Galicia- partía el bacalao y talmente como los catalanes o los aragoneses en la vertiente mediterránea, expandieron sus propios idiomas.

Expansión del reino de León
El Reino de León, encorsetado entre los terrenos conquistados por los castellanos y por los gallegos (que se habían desvinculado de los leoneses), llevó el idioma astur-leonés de norte a sur, al repoblar las provincias de Zamora, Salamanca, Cáceres y Badajoz hasta lo que hoy es la provincia de Huelva. En este punto, el Reino de León paró su progresión al unirse en 1230 con Castilla, la cual se había convertido en potencia dominante del interior peninsular. Esta situación de poder hizo que, con el tiempo, el idioma castellano se expandiera por territorios que no eran castellanos (caso de Salamanca, gracias a su universidad), dejando la zona de difusión del antiguo idioma leonés reducido y dividido. Por el norte, ocupando Asturias y las partes occidentales de León y Zamora, estaría el astur-leonés propiamente dicho -conocido también como bable- y al sur, aislado en las sierras de  Cáceres y Badajoz, el extremeño.

Diasistema asturleonés
Justamente este aislamiento del tronco leonés, hizo que se desarrollara una lengua con un léxico y unas características gramaticales bien particulares. La existencia de un acento diferenciado y tan especial (haches aspiradas y palabras acabadas en -i) ha hecho que los castellanoparlantes que la escuchen tengan la sensación de estar delante de un castellano mal hablado y que no hay forma de entender. Excusa que, junto a su origen estrictamente rural ha dado pie a que el extremeño se haya denigrado en grado sumo rebajándolo a nivel de “patois” o “chapurreado” cuando, en realidad, lo que demuestra es un origen muy próximo entre ellas.

Este menosprecio por un habla tan campesina y que no se ha mantenido en ninguna ciudad importante por la presión del cercano castellano -no se conoce ni el número de hablantes, las estimaciones más favorables los cifran en 200.000-, ha hecho que los propios extremeños que la tenían como propia (excepto en los territorios donde no es nativa, ver Olivenza, el Gibraltar español.), la hayan dejado de lado progresivamente.

Texto en "estremeñu"
Así las cosas, en el centro y sur de Extremadura, el extremeño (denominado alto-extremeño por los lingüistas) ha dejado paso a un castellano “extremeñizado”, tanto más castellanizado cuanto más al sur de la comunidad autónoma. Situación que ha liado aún más la troca ya que se ha mezclado la denominación “extremeño” con la de “castúo”, cuando ésta última fue acuñada en los años 20 del siglo XX y se refería al castellano hablado en Extremadura con más o menos substrato extremeño. En la actualidad, en muchos ámbitos ambas denominaciones son sinónimas, perdiéndose la conciencia de estar hablando una lengua independiente.

Las Hurdes, refugio del extremeño
Hasta tal punto ha sido menospreciado el extremeño, que la propia administración autonómica, en vez de velar por la preservación de su patrimonio lingüístico ha hecho caso omiso a las solicitudes de los pocos colectivos que intentan mantenerlo y se ha negado en redondo a fomentarlo, dando toda la preferencia a la enseñanza del castellano. Cuestiones políticas partidistas, ligando lengua con nacionalismo cuando no existe ninguna conciencia nacional ni similar en Extremadura, están permitiendo que el extremeño muera agónicamente.

Patrimonio cultural en peligro
En definitiva, que el caso de la lengua extremeña, es el caso paradigmático del pez grande que se come al chico con el beneplácito del propio pez chico. En un mundo globalizado, en que estamos perdiendo todas las particularidades en beneficio de una uniformidad que solo favorece a unos cuantos, el hecho de perder algo tan profundo y rico como son las raíces culturales no puede dejarnos indiferentes. Hoy es el extremeño, el occitano o el bretón los que se encuentran en peligro, pero cuando una lengua se pierde, se pierde para siempre una forma de entender el mundo, una experiencia milenaria, una realidad humana. Una realidad que, aunque haya ejemplos de éxito en la recuperación artificial de lenguas muertas (ver El cornuallés, la resurrección milagrosa de una lengua perdida), una vez perdida nunca, nunca, será la misma.

Vale la pena recapacitar al respecto.


Ejemplo vivo del uso del "estremeñu"

Webgrafía

viernes, noviembre 10, 2017

Alcoy 1821, cuando el odio a las máquinas llegó a España

¿Trabajo o paro?
Cuando paseando por el campo vemos los tractores, las cosechadoras o las máquinas que, pegando un meneo a los almendros, no dejan una almendra en el árbol, no podemos, por menos, que pensar en la cantidad de mano de obra que han ahorrado. Trabajos que antes necesitaban el concurso de una cantidad ingente de mano de obra, con el avance de la tecnología son llevados a cabo por unas pocas personas, pero claro... ello significa que la gente que antes se dedicaba a ello, quedan en el paro, perdiéndose tantos puestos de trabajo como brazos ahorra la maquinaria en cuestión. Esta constatación fehaciente lleva a más de uno a pensar que, en esta época de crisis y paro desbocado, las máquinas, más que ayudar, lo que hacen es empeorar la situación, creando una animadversión hacia la tecnología tanto más radical cuanto tu puesto de trabajo está en peligro por ella. Sin embargo, aunque parezca muy actual, este discurso no es nuevo, y ya en el siglo XIX, en España, las primeras máquinas provocaron un rechazo tan violento que tuvo incluso que intervenir el ejército. Es lo que se conoce como Motín Ludita de Alcoy.

Movimiento ludita
Cuando a mediados del siglo XVIII empezaron a salir las primeras máquinas en Inglaterra, su eficacia y productividad incomparables pusieron en pie de guerra a los trabajadores artesanos que vieron en las máquinas a un competidor a batir. El movimiento, llamado “ludita” por Ned Ludd, un joven inglés que -supuestamente- en 1779 destruyó dos máquinas de tricotar en un ataque de ira, se extendió con violencia por toda Europa según iba avanzando la industrialización de los diferentes países. En España, siguiendo la tradición de ir a remolque de las vanguardias, la Revolución Industrial no llegó hasta bien entrado el siglo XIX, sobre todo debido al follón monumental de la Guerra de la Independencia que impidió cualquier desarrollo mínimamente coherente del país. Aunque claro, en un país en plena vorágine reaccionaria, en que se clamaba “¡Vivan las cadenas! ¡Muera la libertad!” (ver ¡Muera la libertad!.. y no era una broma)... implementar una novedad era una auténtica heroicidad, cuando no directamente una insensatez.

Alcoy (Alicante)
No fue hasta la llegada del Trienio Liberal (1820-1823) que, Fernando VII, forzado por un pronunciamiento militar que reinstauró la Constitución de Cádiz, se tuvo que envainar el absolutismo -al menos temporalmente- y ceder a las demandas de apertura social y económica. Este breve periodo progresista dio confianza a diversos empresarios del textil de la provincia de Alicante a instalar los primeros telares en Alcoy, aprovechando que la mayoría de la población de la comarca se dedicaba a la producción y manipulación de la lana para su posterior tejido. No en vano, en un Alcoy de unos 11.000 habitantes, el 48% de su población trabajaba para la lana, a los que se tenían que sumar unos 15.000 más igualmente empleados en el ramo lanar, pero distribuidos por los pueblos de la comarca. Sin embargo, la instalación de las primeras fábricas cayó como un jarro de agua fría al conjunto de la población alcoyana.

Cardadora Arkwright
La producción, que hasta entonces estaba centrada en el trabajo artesano que las familias ejercían en su casa, pasó de golpe a efectuarse en centros de trabajo, es decir en “fábricas”. Unas fábricas que, aprovechando la materia prima suministrada por los paisanos, aumentaban la producción textil de forma bárbara, modificando el papel de los antiguos artesanos, los cuales dejaban de ser manipuladores a ser meros proveedores de la materia prima. Esta novedad provocó una reestructuración en la producción, desapareciendo una gran cantidad de puestos de trabajo y condenando a la miseria a una gran parte de la población. La Hoya de Alcoy se había convertido, gracias a las máquinas, en una olla a presión -perdonen el chiste fácil.

Para los luditas eran una amenaza
Así las cosas, el 1 de marzo de 1821, 1.200 hombres armados, hartos de las máquinas que les habían quitado el pan, se dirigieron a Alcoy dispuestos a acabar con las tan odiadas competidoras. No obstante, Alcoy estaba parapetada tras un amplio lienzo de murallas, por lo que los airados “luditas”  se ensañaron con los telares que se encontraron en los talleres ubicados extramuros. El tumulto tuvo como resultado el incendio y consiguiente destrucción de 17 máquinas valoradas en 2 millones de reales (lo que valían un par de goletas de guerra) y no fue hasta que el alcalde de Alcoy prometió destruir los telares que habían dentro de la ciudad amurallada, que los trabajadores no se retiraron. No obstante, en viendo la magnitud de la movilización y las aviesas intenciones de los manifestantes, el alcalde mandó llamar al Ejército para poner orden.

Fábrica de tejidos (S.XIX)
Cinco días más tarde, el 6 de marzo, se personaron dos regimientos (estamos hablando de 2.000-3.000 soldados por cada regimiento), uno de caballería procedente de Xàtiva y otro de infantería proveniente de Alicante, para poner orden a la fuerza. Ello produjo que, tres días después el diputado por Alcoy, Sr. Gibert, compareciera ante el Congreso de los Diputados para dar explicación de lo sucedido y consensuar las indemnizaciones a los empresarios por las máquinas destrozadas.  No se tiene información precisa al respecto, pero se produjeron detenciones que seis años después aún mantenían diversos “luditas” tras las rejas, pese a las solicitudes de indulto efectuado por la alcaldía de Alcoy. Los trabajadores afectados, por su parte, tuvieron que aprender a convivir con las máquinas ya que, aunque no les gustara, habían llegado para quedarse.

Todo depende de las intenciones
Sea como sea, a este primer arranque contra las máquinas en España le siguieron muchos otros (ver Mataró y el tren que utilizaba grasa de bebés secuestrados) , el más conocido fue el incendio de la Fábrica Bonaplata de Barcelona de 1835, en que se acusó también a las máquinas de quitar el medio de vida a la gente. No obstante, y pese a que por miedo o por ignorancia, haya gente que aún piense que es mejor para la sociedad que cientos de personas se deslomen segando el trigo con hoces, o abriendo túneles a pico y pala, la realidad es que sin la tecnología ni usted podría estar leyendo estas letras, ni yo las podría haber escrito. Al fin y al cabo, y como pudieron llegar a comprender sus detractores del siglo XIX, el verdadero peligro para el trabajador no son las máquinas, sino las buenas o malas intenciones del humano que hay detrás de ellas.

Para reflexionar.

Una lucha que 200 años después aún persiste en algunas mentes

Webgrafía

lunes, noviembre 06, 2017

Olañeta, el fanatismo que ayudó a perder la última colonia española en Sudamérica

Batalla de Tumusla
Los procesos de independencia de las colonias españolas durante los siglos XIX y XX, si algo se puede decir de ellos es que no fueron ni amistosos, ni modélicos. Más allá de los relatos heroicos o exculpatorios encaminados sobre todo a intentar levantar la moral de una sociedad que había visto perder de una forma casi inaudita el 95% de su territorio en menos de un siglo, la verdad es que buena parte de estas independencias fueron causa de la mala gestión o, directamente, de la incompetencia de los diferentes gobiernos peninsulares. Ejemplos como los de la independencia de Cuba (ver El negado derecho a decidir que independizó Cuba de España), Filipinas (ver Rizal o cómo un pacifista hizo perder las Filipinas a España) o la absolutamente desquiciante de Guinea Ecuatorial (ver Un despropósito llamado independencia de Guinea Ecuatorial), nos dan idea de la magnitud de la tragedia. No obstante, no son los únicos, y un episodio especialmente bochornoso se produjo cuando una pugna absurda entre altos mandos españoles acabó por hacer perder la última colonia española en Sudamérica.

Fusilamientos del 3 de mayo
Durante la Guerra de la Independencia, el caos se había apoderado del extenso Imperio Español. Los franceses habían ocupado la península y secuestrado (por decir algo) a Fernando VII, por lo que el poder legítimo español se había volatilizado quedando en manos de juntas de emergencia que hacían lo que podían allí donde la garra francesa aún no había llegado. Las colonias americanas no fueron una excepción y, dado el desgobierno, se tuvieron que organizar autónomamente, dando pie a movimientos de independencia que, en pugna de legitimidad con las juntas peninsulares, los ejércitos españoles allí destacados malamente podían contener. Para más inri, cuando Fernando VII volvió en 1814 (ver ¡Muera la libertad!.. y no era una broma) lo hizo como toro en cacharrería, volviendo al absolutismo más reaccionario, deshaciendo el trabajo de modernización de las Cortes de Cádiz e intentando meter a la fuerza al redil monárquico a las colonias díscolas. Unas colonias que reconocían la legitimidad de Fernando VII pero que, habiendo probado los beneficios del autogobierno, en ningún modo aceptarían el retorno a una situación más represora que la de antes de la invasión francesa.

Cortes de Cádiz de 1812
Para liarla aún más gorda, a parte de episodios de corrupción flagrantes que afectaban directamente la presencia de España en sus colonias (ver La estafa de los Barcos Negros, cuando la podredumbre de un gobierno no solo afecta la madera), la disputa entre los liberales y el rey hizo que del 1820 al 1823 se instaurase de nuevo “La Pepa” (La constitución de 1812) dividiendo a la sociedad española entre los absolutistas y los liberales. Los militares españoles destinados en las colonias americanas también entraron en esta dinámica cainita, pero con tal fanatismo que incluso alguno se “olvidó” de cual era el verdadero enemigo que tenían que batir. Y eso fue lo que le pasó al general Pedro Antonio de Olañeta.

Pedro Antonio de Olañeta
Olañeta, militar vizcaíno más absolutista que el propio Fernando VII, estaba destinado en el Alto Perú (actual Bolivia y sur del Perú) cuando tras el Trienio Liberal, el rey vuelve a instaurar el absolutismo. En ese punto, Olañeta decide no reconocer la legitimidad de José de la Serna, virrey del Perú, por haber destituido en su momento al absolutista José de la Pezuela y haber sido ratificado por los liberales, rebelándose el 22 de enero de 1824 y reconociendo exclusivamente el poder de Fernando VII. A partir de entonces, Olañeta se autoconfirma como el verdadero garante de la legalidad monárquica en el territorio del Alto Perú, considerando igual de enemigos a las tropas de De la Serna que las libertadoras. Y si me apuran, las tropas del virrey, eran peores para sus ojos. De locura.

Territorios del Alto Perú
Así las cosas, el virrey se encontró que, durante el primer semestre de 1824. los ejércitos españoles, en vez de luchar de forma coordinada contra los ejércitos independentistas, se desangraban en inútiles batallas entre los 5.000 hombres de Olañeta y los 5.000 de De la Serna. Batallas que, ganadas por unos u otros de forma pírrica, lo único que conseguían era diezmar las fuerzas realistas, mientras que Simón Bolívar flipaba en colores ante semejante despropósito. No en vano, aprovechando el follón entre Olañeta y De la Serna, Bolívar presentó batalla el 6 de agosto en Junín (Perú) derrotando a las tropas realistas liberales del general Canterac, mientras que, a la vez, felicitaba a Olañeta por su férrea defensa del Alto Perú ante las tropas españolas y lo invitaba a que se emancipara de la corona. Evidentemente Olañeta no le hizo ni caso ya que, si el Alto Perú era un territorio autónomo, lo era para Fernando VII, sin darse cuenta que tan extremista se había vuelto que estaba consiguiendo hacer lo contrario de lo que pretendía: en tanto que los refuerzos no llegaban, aislado en lo alto del Altiplano Andino, el territorio se había vuelto, de facto, independiente de España.

José de la Serna, último virrey español
Las tropas realistas liberales de De la Serna (confirmado como virrey por Fernando VII el 9 de agosto), desmoralizadas tras el varapalo de Junín y por la nula llegada de refuerzos -no había flota efectiva que llevara contingentes suficientes de refresco a América-, bajaron la guardia y tras una nueva derrota contra los independentistas de Sucre y Bolívar en Ayacucho el 9 de diciembre de 1824, abandonaron la lucha y dieron fin al Virreinato del Perú y con él la presencia oficial española en Sudamérica.

Batalla de Junín
Empecinado en mantener su rincón en nombre del rey pese a todo y contra todos (un sobrino suyo lo traicionó al general Antonio José de Sucre y uno de sus mejores oficiales se pasó a las tropas libertadoras), Olañeta luchó hasta el fin en Tumusla, cayendo herido y derrotado el 1 de abril de 1825. El general murió al día siguiente por las heridas (hay quien dice que fue asesinado) permitiendo con ello la independencia efectiva del Alto Perú y su conversión en la República de Bolívar, posteriormente bautizada como Bolivia.

El rey felón
En definitiva, que Pedro Antonio de Olañeta, aún queriendo hacer gala de una fidelidad a ultranza a un rey con mucha mala leche, muy pocos escrúpulos y menos luces (Fernando VII nombró virrey a Olañeta tres meses después de morir), lo único que hizo fue perjudicar de forma grave y definitiva los intereses de la Corona en Sudamérica. El ciego y estúpido fanatismo, en vez de asegurar la posesión de la plaza, dividió el contingente militar encargado de controlarla dejándola a merced de sus oponentes. Un ejemplo más de que la pasión desbocada, sin el control de una inteligencia prudente, es sinónimo del mayor de los fracasos.

Y España, otra cosa no, pero pasión...

A Simón Bolívar le allanaron mucho el camino

Webgrafía

sábado, octubre 28, 2017

Fismes 1918, cuando el champán decantó una guerra mundial

Más allá de la tragedia que supone cualquier guerra, la realidad es que en todas ellas hay momentos que quedarán para la posteridad por lo ridículas o hilarantes que llegan a ser. Heroicidades, dramatismo, estrategias, tesón... en un conflicto bélico el ser humano se muestra en todo su esplendor tanto por arriba (1914. Cuando la Navidad paró una Guerra Mundial) como por abajo (Aztecas, sacrificios humanos y los salvadores conquistadores españoles), sin olvidarnos de cualquiera de sus pasos intermedios. Ello hace que, ante la presión y la necesidad, las personas actúen de formas muy raras, dando rienda suelta a sus bajos instintos aunque hagan llevarse las manos a la cara a propios y a extraños. Tal es el caso que ocurrió durante la Primera Guerra Mundial en el frente occidental cuando las tropas alemanas en avance toparon con un singular botín que acabó por marcar el destino final de la Gran Guerra.

Un inesperado aliado de las tropas francesas

Primavera de 1918. Si bien los rusos habían abandonado la Primera Guerra Mundial debido al éxito de la revolución bolchevique, liberando a Alemania de sostener el frente oriental, el desgaste de cuatro años de conflicto totalmente estéril había llevado al límite a todos los países en liza. La guerra de trincheras, que se había demostrado un simple matadero humano en medio de un barrizal inmenso (los cuerpos de 40.000 soldados británicos nunca aparecieron tragados por el fango), el bloqueo de los aliados y las revueltas sociales internas, hicieron que el general Erich Ludendorff -máximo poder en Alemania junto con Paul von Hindenburg y bajo el Kaiser Guillermo II-, ante la imposibilidad de aguantar mucho más, decidiera dar un golpe definitivo para romper el frente y decantar, finalmente, la guerra del lado alemán.

Paul von Hindenburg (izq) y Erich Ludendorff (der)

Así las cosas, el alto mando alemán decidió atacar con todas sus fuerzas (aprovechando los refuerzos provenientes del extinto frente oriental) unos kilómetros al sur de Ypres (Bélgica). La idea de Ludendorff era, atacando un punto débil entre las tropas francesas y británicas, conseguir un acceso al Canal de la Mancha y romper las lineas de abastecimiento de los Aliados. El avance se llevó a cabo, pero cuando estaban a 35 km de Dunkerque, toparon con los ingleses que consiguieron frenarlos.

Ante tal inconveniente Ludendorff, cabezón en seguir con la campaña, decidió enviar el grueso de sus tropas hacia el sureste para romper el frente en la región de Aisne y poder llegar a París. Objetivo que sería un golpe mortal para las agotadas y desmoralizadas tropas francesas.

Trinchera alemana en la región del Aisne

Así las cosas, el 27 mayo de 1918, Ludendorff lanza un ataque sorpresa contra posiciones francesas situadas entre Reims y Anizy que provoca que estos se retiren desordenadamente. De esta forma, los alemanes, en un solo día, son capaces de avanzar 15 km, controlando diversos puentes estratégicos. Están a tan solo 130 km de distancia de París, por lo que el objetivo, gracias al efecto sorpresa (habían conseguido mantenerlo en secreto hasta unas pocas horas antes de lanzar el ataque) aparece como alcanzable. Sin embargo, un combatiente inesperado se alió con los franceses: el champán.

Esquema del avance alemán durante mayo-junio de 1918

Los suministros alemanes, debido al bloqueo comercial al que eran sometidos por los aliados, era muy malo. Los soldados, mal alimentados, no dudaban en asaltar los pueblos que iban conquistando y llevarse de ellos toda la comida y bebida que en ellos encontraban. Aunque claro, cuando en llegando a Fismes se toparon con las cavas llenas de champán francés, la guerra, para aquellos maltrechos soldados alemanes pasó a ser una auténtica juerga flamenca.

Fismes, pequeña villa de unos 3.000 habitantes durante la guerra y distante poco más de 100 km al noreste de París, se halla en la histórica y vitivinícola provincia de Champagne, cuna del champán, por lo que sus campos se dedican desde el medievo al cultivo de la vid. Eso significaba que, siendo primavera avanzada en aquellos momentos, y a pesar de las infinitas dificultades de llevar las faenas del campo estando cerca del frente, cuando los alemanes llegaron las cavas tenían lista la nueva producción del año. Soldados desesperados y alcohol a libre disposición: follón asegurado (Caransebes, la batalla más idiota de la historia). Y así fue.

Viñedos en la región de la Champagne

El día 30 de mayo, el alto mando alemán recibe una notificación según la cual, resulta imposible el avance de las tropas a través de Fismes, debido a que el pueblo está lleno de soldados borrachos y botellas de champán por los suelos. Los soldados, habiendo descubierto las bodegas a rebosar de champán de la temporada, habían comenzado a beber como cosacos, agarrando una descomunal “turca” colectiva, a la cual se iban sumando los soldados que iban llegando. El avance, hasta ese momento imparable, de esta forma se vio frenado de golpe. A Ludendorff se le llevaban los mengues pero, dada la situación, no le quedó más remedio que esperar unas horas a que se les pasara la borrachera para seguir con el avance. Una espera forzosa que se determinó vital.

Fismes tras la segunda batalla del Marne

Efectivamente, ese pequeño parón por la cogorza que pillaron los soldados teutones, permitió que las tropas francesas en retirada se reagruparan y, con la ayuda de divisiones americanas, iniciasen diversos contraataques que acabaron por frenar el avance alemán. Ludendorff, debido al fracaso de la ofensiva (habían muerto 125.000 alemanes a 4 de junio), se ve obligado a cambiar la estrategia, moviendo de nuevo las zonas de ataque, obsesionado en conseguir una victoria decisiva que diera la vuelta a la tortilla pero que, a cada minuto que pasaba, le quedaba más lejos. Victoria que, de hecho, nunca llegó y que acabó por hacerlo dimitir del cargo en octubre de 1918, poco antes de la final de la guerra.

Tropas estadounidenses avanzando hacia Fismes

En definitiva que, por mucho que los grandes estrategas hagan encajes de bolillos para ganar una guerra, en cuanto que el factor humano ha de ser el factor clave para alcanzar sus objetivos, cualquier planificación se irá al traste más pronto que tarde. Y es que, agrade o no, el ser humano es ante todo humano... y con una botella de champán en la mano (o cava, al gusto) ya ni les cuento.

Que se lo pregunten a Ludendorff.

Una cava llena de botellas de champagne: la perdición de los soldados alemanes

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sábado, octubre 21, 2017

La infalible dieta portuguesa de La Puerta de los Gordos

Problemas de sobrepeso
Usted, que estará leyendo estas líneas, seguro que en algún momento de su vida se ha encontrado con ropa que, con criterio propio, han decidido negarse a acoger aquellos kilitos de más que a base de torreznos y cervecitas ha puesto en su esbelto cuerpo. Coñas a parte, la obesidad (en cualquiera de sus grados) se ha convertido en una auténtica epidemia para las sociedades avanzadas, fruto, sobre todo, de la disposición casi pornográfica de comida que ha hecho que la gente comamos muchas veces más de lo que sería recomendable para nuestra salud. No obstante, y aunque sea fácil dejar de engordar (basta con dejar de comer), la realidad es que la gente no está muy por la labor de pasar más hambre que el perro del afilador para mantener a raya la talla de los pantalones (ver La Akkermansia, la deseada bacteria adelgazante), convirtiendo el asunto de adelgazar en un auténtico problema, sobre todo si perteneces a una orden religiosa en la que el comer más de la cuenta es un pecado capital. ¿Y cómo se controla entonces? Un monasterio encontró una solución sencilla y eficaz: La puerta de los gordos.

Fachada del monasterio de Alcobaça
En Alcobaça, una pequeña ciudad portuguesa a unos 90 km al norte de Lisboa, existe el Monasterio de Santa María de Alcobaça, una auténtica maravilla de la arquitectura religiosa destacable por ser el primer edificio gótico construido en todo Portugal. El monasterio, hoy en día Patrimonio Nacional portugués, fue construido entre el 1178 y 1240 por la orden del Císter a iniciativa del rey Alfonso I, como promesa de haber reconquistado Santarém a los moros. Bueno... él pretendía hacerlo en otro lugar, pero los ángeles por la noche le movieron los hitos que tenía puestos en Chiqueda (a unos 3 km) para señalar el sitio donde se tenía que construir y los llevaron a Alcobaça. Como él no era nadie para contradecir a los traviesillos querubines (¡qué casualidad!), pues allí que lo instaló.

Plano con la ubicación de la puerta
Sea como fuere, en 1223 el nuevo monasterio acogió a los primeros monjes, consagrándose su catedral en 1252 y convirtiéndose en el cenobio más importante del Císter en Portugal. Los avatares de la historia y de los terremotos hicieron que se fueran añadiendo estancias y restaurando edificios en diversos estilos (gótico, renacentista, barroco...) hasta la exclaustración de los monjes efectuada en 1834 como producto de la supresión de las órdenes religiosas. Convertido en museo, el monasterio es hoy en día visitable, destacando su iglesia gótica, sus claustros... y una extraña puerta en arco de medio punto, de doble hoja, de dos metros de alto y que tiene nada más que... ¡32 cm de ancho!. O lo que es lo mismo, que o se es un espárrago con patas u olvídese de entrar por esa puerta.

Monasterio de Sta. María de Alcobaça
Efectivamente, en el muro oeste del refectorio del Monasterio de Alcobaça (el comedor de los monjes, para que nos entendamos), nos encontramos con esta peculiar obertura en los muros de la estancia que no deja de llamar la atención. Pero... ¿para qué hacer una puerta de palmo y medio de ancho pudiéndola hacer todo lo grande que quisieran? La estricta regla de San Benito que seguía la orden del Císter parece que tendría la clave (ver El diminuto monasterio de El Palancar).

El comedor de los monjes
A pesar de que hoy en día esta micropuerta comunica con el pequeño claustro de Alfonso VI, se ve que en época medieval daba a la cocina del monasterio. Una cocina bastante pequeña, pero suficiente como para hacer las escuetas comidas que los monjes tomaban de cara a la pared, mientras escuchaban salmos y escrituras sagradas. El inconveniente venía en el momento de servirse, ya que eran los propios monjes los que, yendo a la cocina, tenían que llenarse ellos mismos los platos si querían comer. Comida caliente (sin carne, que la tenían prohibida) pero a libre disposición, significaba que, enviando a San Benito a hacer puñetas, más de uno se pondría hasta las botas.

Catedral gótica de Alcobaça
Los superiores, sabiendo que la carne es muy débil, decidieron limitar el ancho de la puerta de la cocina, de tal forma que si a alguien se le ocurría ir rellenando los “michelines” a base de comer más de la cuenta, en el momento en que no cupiese por la puerta iba a comer más bien poco. De esta manera se aseguraban que el sobrepeso no dificultara el trabajo físico que hacían los monjes, a la vez que hacían cumplir a la fuerza los preceptos cistercienses de ser mesurados con la comida. Una forma sencilla y eficaz de mantener la disciplina y la dieta a toda la congregación.

Más allá de la existencia de la puerta la realidad es que esta tesis no es más que una curiosa leyenda, ya que los especialistas no tienen ni idea de para qué se construyó dicha puerta.

Cocina moderna del monasterio
Si bien la primigenia cocina existió como tal, en el siglo XVII-XVIII (no se conoce la fecha concreta), coincidiendo con la bula que en 1666 dictó el papa Alejandro VII según la cual se permitía a los monjes comer carne tres veces por semana, la cocina se trasladó. Para tal efecto, se construyó al otro lado del refectorio una nueva cocina -que aún se conserva- con una chimenea espectacular capaz de cocinar un buey entero y dar de comer a 500 personas. Harto suficiente para atender a los aproximadamente 150 monjes que se tiene constancia que habitaban el monasterio a mediados del siglo XVIII. La antigua cocina medieval se derribó y se hizo un pequeño claustro con sus celdas, dejándose la estrecha puerta como acceso directo desde el refectorio. Pero... ¿cual habría sido su función real entonces?

La grande sería el verdadero acceso
Según los estudios, el acceso a la cocina medieval no se efectuaba por la “puerta de los gordos”, sino por una mucho más ancha que hay en la misma pared y que es de la misma época. Se especula que, en el momento de su construcción el refectorio daba directamente a la calle y que la pequeña puerta no comunicaba con la cocina sino directamente al exterior. De esta forma, la estrecha puerta habría servido, no para ir a la cocina, sino para dar de comer a los pobres que desde el exterior se acercaban al monasterio de Alcobaça a buscar un plato caliente, posiblemente para laminar el flujo de acceso desde el exterior. Una función bastante más prosaica que la atribuida por la leyenda.

Sea como sea, la “Puerta de los Gordos” (“A porta pega-gordo”, en portugués) se ha convertido en una de las grandes atracciones del Monasterio de Santa María de Alcobaça. Hoy, que vivimos en un mundo que ha pasado de la miseria a la opulencia en tres o cuatro generaciones y que tira la comida por toneladas, haríamos bien, en mirando la estrechísima puerta de Alcobaça, que recordásemos que, aunque nosotros tengamos problemas por el exceso de comida, hay muchísimos millones de personas a nuestro alrededor que serían capaces de pasar por esa puerta sin ningún problema.

Y no sería por estética.

La Puerta de los Gordos

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